Grupo de los miércoles

Wednesday, September 27, 2006

La felicidad de Braustein o Braunstein's Joyce

Va de nuevo. Espero que ahora si llegue. ¿Será una señal o un reto? Ja! Dejemos que Braunstein decida. Saludos,
Alejandro
PD. Disculpen si no aparece con parrafos y tenga que ser leido de corrido.

LAS CHAVETAS DE JAMES JOYCE:¿UN CASO BORDERLINE?El vocablo borderline aparece hacia 1925 en los círculos del psicoanálisis vienés próximos a Freud (R. Waelder). El primer trabajo destinado a esta “nueva y cada vez más frecuente patología” fue publicado en 1938 por el primer analista de los Estados Unidos que se analizó con Sigmund Freud, Adolph Stern. La coincidencia no nos parece casual, Sabemos de la fortuna reservada a esta noción de estados-límite, fronterizos o borderline en la psiquiatría y el psicoanálisis posteriores a 1953.La enseñanza de Lacan se desarrolla al mismo tiempo que toma vuelo esta presunta nueva categoría diagnóstica. Sin embargo, el maestro es poco sensible a la moda rampante; sólo una vez utiliza el término. En 1962 comentó ese “caso borderline de Freud” que fue el hombre de los lobos. No discutiré la pertinencia del diagnóstico; tan sólo quiero dejar constancia de la renuencia de Lacan a su utilización.No faltaban los casos que se prestaban a la duda ¿neurosis o psicosis? En el seminario III, analizando el caso del presidente Schreber, dijo: “Nada se parece tanto a una sintomatología neurótica como una sintomatología prepsicótica... ¿A partir de qué momento decidiremos nosotros que el sujeto ha atravesado los límites y está en el delirio?”. ¿Cuáles fueron las circunstancias que permitieron que el brillante jurista de Dresde, con más de 40 años de edad, cruzara el límite y penetrara en la enceguecedora oscuridad de la psicosis?Veinte años más tarde, el estudio del “caso Joyce” lo lleva a preguntarse por la condición clínica del escritor. Lacan recurre entonces a la lengua corriente y se permite “jaspiner” (hablar con ligereza, to chatter) al respecto. Se pregunta si Joyce estaba o no loco y dice que eso no hubiera sido su privilegio pues “en la mayoría” los tres registros están embrollados y se continúan, sin límites precisos entre ellos. Por otra parte –agrega – estar loco no es un privilegio. Nunca afirma que Joyce fuese psicótico o perverso. Tampoco lo llama neurótico, pese a los múltiples síntomas fóbicos e histéricos que apoyarían esa propuesta. A lo sumo postula que Joyce era un “desabonado del inconsciente” que aspiraba a compensar, por medio de su arte, el hecho de que “su padre era demasiado poco para él”. Dejaremos sin mayores comentarios esta afirmación en lo que concierne a Joyce; sabemos que más bien lo contrario es verdadero. La consideración es válida para el propio Lacan, cuyo padre nunca contó como tal. Me pregunto, eso sí, qué puede significar la expresión “Verwerfung de hecho” como resultado de la “dimisión paterna”. Confieso no entenderla.Lacan habla de una“mayoría” en donde los tres registros están mal definidos. Creo que ese enunciado se presta a confusión. ¿Hay seres con los registros bien deslindados y otros en quienes no lo están? Lacan sustituye con el ambiguo nudo en trébol a la exacta cadena borromea con sus aros distintos y pintados con colores diferentes. El caso Joyce lo fuerza a tomar en cuenta los errores en el anudamiento y a “inventar” sucesivamente tres diferentes “cuartos elementos” para compensar las fallas del nudo.Durante las nueve primeras clases del seminario 23 Lacan sostuvo que el defecto estructural joyceano consistía en la separación del registro simbólico en el nudo borromeo. Joyce habría logrado compensar ese defecto por medio de su escritura (“ilegible” ¿?) entendida como sínthoma. En la clase final, 11 de mayo de 1976, Lacan dio un giro sorprendente al “caso Joyce” contradiciendo lo sostenido hasta entonces. Le concedió valor clínico para definir la estructura del escritor a una única línea de una novela (Portrait..., p. 57). Basándose en esa línea de un relato ficticio, postuló que el registro que se escapaba de la cadena borromea del autor y requería de una corrección era el imaginario. Joyce habría construido un ego que reparaba el mal anudamiento de lo real y lo simbólico (p. 152). El ego fue dibujado entonces en la pizarra del mismo modo que lo había sido anteriormente el sínthoma (p. 97): como un cuarto aro que retiene a uno de los registros.Mirando el dibujo de los círculos correctores resulta evidente que ellos representan un sencillo artefacto mecánico: la chaveta, “la clavija o pasador que se pone en el agujero de una barra e impide que salgan las piezas que la barra sujeta”, la traba que se pone en el extremo del eje para evitar que la rueda se suelte y el vehículo se descalabre. Sin una de las tres ruedas (mínimo para que se sostenga en pie) el vehículo no anda. En español, “perder la chaveta” equivale a enloquecer. Tal es la función que Lacan asigna al sínthoma: una mujer para todo hombre, el padre real, el psicoanalista, la escritura para Joyce y muchos escritores, etc. El sínthoma es el aditamento real que permite al sujeto sostenerse en el lazo social, sin disolución de su estructura.La idea que propongo es que cada uno de los tres registros que sostienen al sujeto requiere de un elemento adicional que impida la desintegración estructural.Revisemos el itinerario de la enseñanza de Lacan. En 1974 comienza su seminario XXII diciendo que hablará para convencer de que el síntoma pertenece a lo real. El 11 de febrero de 1975 agrega que “sólo el nombre-del Padre hace nudo borromeo y conjunta lo simbólico, lo imaginario y lo real” y el 15 de abril concluye: “hace falta que sean cuatro, pues el cuarto es aquello que sostiene a lo simbólico en tanto que lo hace, a saber, el nombre-del-Padre”. El 13 de mayo de 1975, en la última clase de R.S.I, anuncia el título de su seminario del año siguiente: será “4, 5, 6”, entendiendo que cada uno de los tres registros (1, 2, 3) debía desdoblarse a su vez entre el registro como tal y el nombre del registro, que no pertenece a él. Eso lo inducía a elevar de tres a seis la cantidad de los elementos del nudo borromeo.Al empezar el seminario siguiente, el XXIII, Lacan se sintió rebasado por su proyecto y se arredró ante la magnitud de la tarea. El 18 de noviembre de 1975, lo confesó así[1]: “Me he dejado desviar del proyecto que les anuncié el año pasado, el de titular al seminario de este año como 4, 5, 6. Me contenté con cuatro y de eso me alegro pues con el 4, 5, 6 hubiera seguramente sucumbido. Y esto no significa, sin embargo, que ese ‘cuatro’ del cual me ocuparé me sea menos pesado”. Ese cuarto anunciado era el SINTHOME.Propongo volver al 4, 5, 6 sin sucumbir, sin perder rigor clínico ni topológico y sin alejarnos de los decires y descubrires de Lacan. Las chavetas, una para lo simbólico, una para lo real y una para lo imaginario, permiten representar gráficamente, de modo distinto, ese desdoblamiento de los tres registros. Así podemos dar cuenta de muchos hallazgos clínicos concretos corroborados en la práctica cotidiana de todo analista. Si hay un error en el anudamiento de dos registros cualesquiera (unidos olímpicamente en lugar de estar superpuestos) el tercero queda libre y requiere de una corrección. En el caso del cuarto aro que trabajó Lacan a comienzos de 1976, refiriéndose, de modo discutible, a Joyce, esa corrección, ese elemento suplementario, es el ego que impide que lo imaginario se suelte. Al practicar esa operación en el nudo estaba, sí, sumando un elemento nuevo, pero dejando de lado lo que postuló en las nueve clases anteriores, concretamente, que el elemento supletorio y estabilizador era el sínthoma. Cabe recordar que antes aún había producido la necesidad de otro elemento, un cuarto aro, cuando insistía en la conveniencia de desdoblar a lo simbólico en dos: lo simbólico propiamente dicho y el nombre-del-Padre.En el recorrido de Lacan tenemos que distinguir: a) la primera y extensa parte de su enseñanza, que gira alrededor de los tres: imaginario, simbólico y real; b) en 1974 se agrega el nombre-del Padre como cuarto elemento; c) en 1975 Lacan incorpora al sínthoma y lo llama cuarto cuando en realidad es quinto; d) en 1976 incorpora un elemento final, el ego, al que se sigue considerando cuarto, como si hubiese una amnesia de los otros dos propuestos previamente. Así, el ego no es el cuarto sino el sexto que cierra la serie I, S, R (1 – 2 – 3) , 4 (nombre-del-Padre), 5 (sínthoma), 6 (ego). Propongo considerar a estos tres nuevos aros, correctores de defectos, como chavetas que aseguran, para cada hablente, la estabilidad de cada registro y, por ende, de la estructura en su conjunto. Las chavetas son imprescindibles pero no tienen ni la estatura ni la trascendencia de los tres registros clásicos. La chaveta carece de la dignidad de la rueda, es un mero aditamento... pero la rueda necesita de ella para no salirse de su eje. Así, el sujeto; necesita del ego, del nombre-del-Padre y del sínthoma para que lo imaginario, lo simbólico y lo real permanezcan enlazados.Cada una de las tres chavetas que sujetan a los correspondientes registros puede “soltarse”. Es así posible entender qué pasa con los “casos-límite”: ellos no son estructuras diferentes de las clásicamente reconocidas por Freud y por Lacan. Las descompensaciones que se presentan como si fuesen psicóticas son situaciones transitorias, episodios críticos en la vida de alguien que, como Joyce o el hombre de los lobos, en momentos críticos, “pierden la chaveta” y deben recuperarla o sustituirla por otra. En esos momentos, la dirección de la cura puede requerir del analista que se preste a la función del sínthoma, esto es, que se convierta en una chaveta sustitutiva capaz de sostener al sujeto en su relación con el Otro del discurso.Esta propuesta se apoya en tres seminarios consecutivos: XXI, XXII y XXIII. Creo que Lacan omitió poner en secuencia a sus tres cuartos aros, las tres chavetas de las que hablamos. Hay, sin embargo una continuidad de la elaboración teórica que él ponía en escena y dibujaba en la pizarra. El 4, 5, 6 “ante el cual hubiese sucumbido” se había sido realizado a sus espaldas, como trabajo del inconsciente.En síntesis:El nombre-del-Padre es la chaveta que sujeta lo simbólico. (1974)El sínthoma es la chaveta que sujeta lo real. (1975)El ego es la chaveta que sujeta lo imaginario. (1976)Volviendo a Joyce y usándolo como ejemplo: a) el nombre-del-Padre es la chaveta que asegura su ligazón con el registro simbólico (John S. Joyce como nombrante, la familia paterna y sus emblemas, el rechazo del significante materno Murray, el nombre propio respaldado por la autoría de sus libros), b) el sínthoma actúa como chaveta para lo real (Nora hasta 1917, aproximadamente; su escritura y también Lucía a partir de entonces) y c) el ego es la chaveta que sujeta su imaginario (el sentimiento de tener un cuerpo que puede fallarle en momentos decisivos, por ejemplo, cuando desfallece su órgano de la visión o cuando se perfora su estómago y muere a una edad temprana).La “locura” es el correlato de la falta de una de sus chavetas. Por ejemplo: los viajes que lo separaban de Nora, la tan temida ausencia del apoyo de su mujer, de su hermano y de sus protectores para la escritura de sus dos últimas novelas, las crisis de glaucoma y las dañinas intervenciones quirúrgicas a las que se somete, la imposibilidad de recuperar a Lucía tras el estallido de la guerra. Allí es cuando vemos las descompensaciones transitorias de la estructura que una clínica fenomenológica, no estructural, llama “episodios psicóticos” y lleva al diagnóstico descriptivo, no estructural, de estado-límite, “borderline”.Robert P. Knight, el psicoanalista que en 1953, en el mismo año del bautismo de lo real, lo imaginario y lo simbólico, puso de moda el diagnóstico de estado fronterizo precisaba: “el término estados fronterizos... no implica tan sólo que el paciente está bastante enfermo, pero que no es francamente psicótico... Así, el rótulo de ‘estado límite’... expresa más información sobre la incertidumbre e indecisión del psiquiatra que sobre la condición del paciente”.Se puede tomar al caso de Joyce como paradigmático para la clínica nodológica del último Lacan y así dar razón de las mal llamadas “condiciones limítrofes”. Cabe, pues, replantear la pregunta acerca del sujeto: en vez de ¿por qué es neurótico?, la cuestión es ¿cómo consigue él o ella mantenerse fuera de la psicosis? ¿Cuáles son las chavetas que lo (nos) sostienen en contacto con el Otro y en qué condiciones podría(mos) perder la chaveta?[1] J. Lacan. Livre XXIII. Le sinthome. Cit., p.12.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home